jueves, 3 de enero de 2013

Vampire


¿Qué es lo que te detiene para saciar tu ansia más intensa? ¿Qué es aquello que sujeta tus pies al frío suelo sin dejar que caigas una y otra vez en la oscuridad? ¿Por qué detienes tus instintos? ¿Para que no continuas con tu naturaleza?

Una y otra vez estas preguntas surcan mi mente. ¿Por qué lo hago? Aun no lo sé. Quizá quiera sentir la poca humanidad que me queda o tal vez sea un anhelo por recuperarla. Se lo que soy, se lo que siento, también se que el resto desconoce mi naturaleza aunque ya me cuesta ocultarlo en mi mirada. Conforme la noche cae, oigo los latidos de cada una de las personas que se cruzan en mi camino. Puedo escuchar como recorre la sangre por todo su cuerpo, llamándome, gritándome que la succione hasta dejar aquel cuenco de vida vacío de tal manjar. Siento el cambiar del color de mis ojos oscuros a rojizos, siento el crecer de mis colmillos… y siento como todo, a excepción de mi codiciada presa, desaparece.

Tal vez no tenga salvación, tal vez ya este condenado por los siglos de los siglos vagando solo, viendo como muere todo aquello que me rodea, sin poder probar bocado ni saciar mi sed con agua o vino… tan solo sangre. Sed de sangre. Mi vida por la de los demás. ¿Tan importante es mi vida que han de pagar el resto de mortales tal precio? ¿O tan vil fui como para verme convertido en la muerte, en el recolector de almas que jamás verán el cielo?

No sé lo que soy. Solo sé lo que necesito, lo que quiera y desee ya no existe… ni el amor ni el saborear una buena comida, ni siquiera el placer de yacer con una mujer hermosa… solo sangre, cuanto más fresca y joven mejor. ¿Qué he de hacer? Si deseo perderme en mi sed se que jamás seré el mismo ni tampoco podre volver a serlo, algo en mi desaparecerá, me dejara vacío como yo a mis presas. Pero, ¿Por qué he de continuar con mi humanidad, sufriendo por ella, si no tengo a nadie con quien compartirla?

Demonios nos llaman, diablos, monstruos… no creo que seamos tal cosa, tan solo estamos perdidos. Dicen que aun estando perdido, encontraremos el camino. No es verdad. Nosotros, los perdidos, no encontraremos jamás el camino por nuestra parte a menos que nos detengamos. Aquellos que no se han detenido han ido sembrando dolor y muerte por aquellos parajes donde vagan. Si ese es mi camino, jamás daré un paso más, jamás morderé una vida para saciar una sed llena de odio y maldad. Aquí me detengo ante mi sed, le digo al diablo, al ser que me revivió, que jamás seré uno de sus hijos. Dicen que me devolviste la vida, pero únicamente me diste más muerte de lo que hombre puede acarrear sobre sus hombros. Jamás beberé del tal maldad, jamás seré aquello que teman los hombres, jamás caminare un paso más para disiparme en la oscuridad… a menos que ya este perdido. 

viernes, 7 de diciembre de 2012

Dejar atrás


El autobús cortaba el aire con un sonido tan fuerte que parecía el rugido del propio motor. La noche aun no se había levantado, pero poco a poco podía distinguir la primera paleta de colores del amanecer. De las lejanas colinas aparecía un reluciente color naranja que se iba diluyendo en oscuro azul estrellado. Por cada minuto que pasaba, la luz crecía y la oscuridad se desvanecía. Una hilera de arboles sin hojas acariciaba el cambio de color, pequeños y huesudos brazos de madera entretejían una mano que, rígida, bailaba con los cambios del día y la noche, de los valles y montañas, de colinas y ríos.  

Observaba como la velocidad del autobús dejaba atrás todo aquello que quería borrar de mi mente, una ciudad, un pueblo, viejas ruinas de un castillo pasaban tan rápido como la vida misma. Solo podías fijarte en pequeños detalles y dejar atrás otros… tal vez la vida sea así, el ver unas cosas y en no poder ver el resto, para después, cuando queramos verlo todo en conjunto, ya sea demasiado tarde y este tan atrás como el propio pasado. Quererte aferrar a algo que rápidamente pasa por tus ojos es como intentar sujetarte en una escalera de acero aun candente por el fuego. Te quemas y cuando no puedas más, te soltaras y caerás sobre el duro suelo, amoratado y sin aliento, magullado y desanimado. O tal vez puedes recorrer el autobús ventana por ventana, siguiendo aquello que sabes que vas a dejar atrás pero no quieres hacerlo, quieres seguir luchando aunque sabes que lo último que tocaras será la luna trasera de un autobús que se aleja rápidamente de aquello que anhelas.

Lo dejas atrás. Todo lo dejamos atrás en algún momento. A menos que detengas el autobús y continúes tu camino junto aquello que deseas. ¿Eres tú la parada? ¿Eres un árbol más del bosque del cual solo veré sombras borrosas? ¿Serás la paloma que intenta mantenerse volando junto al autobús? Hoy no sé lo que eres, ni se en que línea estoy… tal vez hoy no quiera saberlo, tal vez mañana tampoco. Solo quiero cerrar los ojos y continuar viéndolo todo y a la vez nada, de un paisaje que metro a metro dejo atrás. 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Oscuras Golondrinas


Con la llegada del invierno, las aves emigran tan pronto como el frío se aproxima. Abandonan los cielos que puedo contemplar dejando un lienzo en un azul oculto por oscuras nubes. ¿Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar? Se preguntaba Bécquer. Todo se ha ido, se ha desvanecido. Todo aquello a lo que me aferraba le han crecido alas y echado a volar sin previo aviso. Sentimientos, corazones echan a volar como miles de salvajes golondrinas abandonándolo todo a su alrededor. Sin golondrinas, ni lunas ni soles. Oscuridad.

Siento que todo me ha abandonado tan rápido como prende una cerilla que jamás se consumirá, pero que tampoco calentará. Frío fuego, luz negra cegadora que esparces temores donde antes había ilusiones, ¿Dónde está la vida? ¿Dónde está ese brillo resplandeciente en nuestras miradas? ¿Dónde están las oscuras golondrinas de las que jamás sabré si volverán sus nidos a colgar?

lunes, 26 de noviembre de 2012

Canción de Fuego y Hielo


Parecía un día más, un día en los que no ocurre nada. En los que te vistes sin prestar atención, como un descanso en una interminable búsqueda de ese algo, ese alguien que jamás sabremos si en realidad lo habremos encontrado en verdad. Pero allí apareció. Entre la multitud de la gente, allí estaba ella.   

Recuerdo que aquel concierto fue en una noche fresca de otoño, una brisa ondeaba las hojas que poco a poco se iban dejando llevar por el viento, comenzando su viaje desde los árboles hasta un suelo martilleado por el paso del tiempo. Aquella brisa acariciaba los largos cabellos castaños que chocaban, que acariciaban melodiosamente con sus hombros y su pecho. Me coloque junto a ella, en primera fila, sin saber muy bien qué hacer. Observando como aquellos instrumentos ejercían la magia que hacia impulsar nuestros cuerpo el uno junto al otro. Nuestras manos se rozaron. Aquellas manos tan pequeñas estaban heladas, tan frías como un montón de hielo en medio del océano, preparado y dispuesto para chocar contra un gran navío. Nos miramos. Quizá fue el frío de sus manos el que choco contra el calor de las mías los que provoco aquella reacción física que produjo nuestro primer cruce de miradas.  

Las miles de luces que nos iluminaban de tantos colores como cartas tiene una baraja no impidió que observara su pequeña gama cromática de sus ojos. Poseía los mismos colores que su pelo, marrones tas oscuros como el chocolate, a la vez que dulces, colores caoba tan suaves como el terciopelo… todo milimetramente repartido para crear una composición hipnotizarte a par que bella. Al igual que no podrían contarse las estrellas del universo, sus cientos de colores se repartían por sus redondo y brillante iris.  Junto a una mirada cariñosa, una mirada en la que dejábamos ver como éramos tal cual, sin preguntas ni respuestas, añadió una sonrisa. Fue en ese momento cuando la música dejo de sonar, por lo menos para mí. No pude evitar corresponder su sonrisa pero rápidamente me volví para continuar actuando ver un concierto de instrumentos que se movían en silencio, artistas que creaban un arte que no podía percibir… en ese momento no. Intentaba mantener la vista fija en aquel sordo espectáculo pero no podía. Mis ojos, al igual que una brújula, volvían a mirar de reojo a aquella desconocida que acaba de tocar.

Note algo en mi mano. El mismo frio que anteriormente sentí al rozar su delicada mano subía lentamente por mis dedos hasta extenderse por el dorso de mi mano. Sería el recuerdo abrumador en mi mente, tal vez otro impulso para girarme y sentirla de nuevo durante más tiempo, el suficiente como para fusionarnos, ardiendo ella y helándome yo. Pero no era así, en realidad, fue su mano la que se coloco sobre a la mía, su frío volvía a producir aquella inolvidable sensación. Le cogí la mano, decidido, volviéndola a mirar a los ojos. Pero necesitaba más, necesitaba estar completo. Ella pensaba igual. Ambas manos se entrelazaron derecha con izquierda e izquierda con derecha. Juntos. Mirándonos. Sin música en medio de aquel ruidoso concierto. Sin luces en medio de tantos focos luminosos. Solos en medio de tanta gente.

“Volé alto… y tan alto que al final lo encontré” así decía la canción que en aquel momento sonaba tan lejana para ambos. Tal vez aquella búsqueda había terminado el día en que decidí darme un respiro… quizás haya que vivir dándose siempre un respiro, dejando aparecer lo que más buscamos sin correr tras ello que deseamos. Volamos alto. Aquella noche volé, pero no volé solo. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Maldito


Corría. Tenía que dejarlo atrás. Una oscuridad más tenebrosa que la mismísima noche inundaba mi cuerpo y no podía impedirlo. Me perseguía como una pantera de ojos penetrantes acecha a su presa y se lanza a la carrera sin que haya la más mísera posibilidad de escapar. Poco a poco, conforme corría, mis ojos se tornaban negros. Podía verlos en cada uno de los charcos que pisaba mientras la lluvia caía sin cesar sobre toda la ciudad. Había desaparecido la sensación del frío y la humedad. Perdía el control de mi mismo, de mi cuerpo. Mi pelo sabía que estaba mojado, al igual que mis manos y mis ropas pero me sentía seco, no sentía nada y eso me atormentaba todavía aun más.

La gente a mí alrededor estaba empapada, se protegía de la incesante lluvia que con grandes oleadas de viento azotaba a cada una de las personas que osaba pisar la oscurecida calle. Ríos de agua y barro se perdían en las alcantarillas arrastrando toda la suciedad de la calle excepto a mí, a un ser que pronto seria la maldad en carne viva, una bestia sin corazón que pronto dominaría mi cuerpo y yo quedaría atrapado en su interior como un mero espectador de un circo en el que las atracciones solo eran malevolencia.

No podía dejarla atrás, aquella maldición me perseguía desde hacia tiempo en mis sueños y ahora, hoy, se extendía desde la fantasía de unos incómodos sueños a la cruda realidad. Como un negro tsunami arrasaba con todo lo que poseía en mi interior. Mi corazón se detenía cada vez más rápido de lo que podía volverlo a poner a palpitar, mi respiración se extinguía como un fuego en plena lluvia torrencial, mi alma, al igual que el sol, se ocultaba tras un manto negro de espesas nubes que arrasaban un cielo que en antaño era sinónimo de paz y libertad.

Caí al suelo chocando mis rodillas contra el duro suelo. Mis piernas no me respondían. Me ardían los ojos, mis manos sostenían tal fuerza en sí que sangraban por un intento de autocontrol. Grite pero nadie me escucho, pedía ayuda en medio de un desierto de personas ciegas, sordas y mudas incapaces, no de comprender, sino de observar el espectáculo que hoy se daba ante su inexperta observación del mundo.

Deje de ser lo que era, lo sabía. Ya no existía, por lo menos, ya no existía como antes lo hacía. Era oscuridad. Era maldad. Era un demonio de conciencia extinguida. De pronto todo acabo. El dolor, la sangre, la visión borrosa… sabía lo que era, en lo que me había convertido, pero casi podía sentir mi antiguo yo. Necesitaba sentirlo, saber que aun podría ser mí mejor yo conviviendo con la peor de las caras de la maldad. ¿Podrían convivir oscuridad y luz en el mismo recipiente? Esperaba que si, deseaba que si… serie un demonio, una sombra… pero lucharía, no dejaría que aquella oscuridad nacida de mis propios errores confinara toda mi eternidad, porque siempre creí que para que surja la oscuridad ha de haber luz al igual que para que renazca la resplandeciente luminosidad ha de haber grandes y lóbregas tinieblas.   

viernes, 23 de noviembre de 2012

Sueños Rotos


Abrí los ojos. El despertador no paraba de sonar introduciendo su martilleante timbre en mis oídos. Me incorpore como pude, no me sentí los brazos y mi mente aun estaba en mis sueños. No sabía muy bien que había ocurrido aquella noche, si había sido una pesadilla o un sueño. Intente cerrar los ojos para poder visualizar cada una de las imágenes vividas aquella noche.

Una chica. Había una chica frente a mí. Tenía el pelo castaño, del mismo color del que brotan las avellanas. La larga melena acariciaba sus hombros al compás de la suave brisa otoñal. Los suaves rizos, tan sutiles como unas nubes en pleno verano que acarician el sol sin que este quede oculto, se movían bailando en su rostro. Su rostro… podría describirlo milímetro a milímetro y a la vez podría pasar delante de ella y no poder reconocerla. Es la magia de los sueños me dije, iluso de mi. sus ojos asomaban azules entre aquella cortina castaña, como quien encuentra un tesoro en medio de un denso bosque, un tesoro tan precioso que las palabras huyen de tu boca y tu mente queda tan extasiada que permanece en vilo, sin reaccionar, como si esperara a que alguien hablara, como si una marioneta colgada de hilos esperara a su amo. Congelado, me hallaba congelado por la profundidad de sus impresionantes y cautivadores ojos. ¿Quién se ha perdido en un oscuro y retorcido laberinto maniatado? A si me sentía cuando nuestras miradas se cruzaban. Casi podía sentir como acariciaba mi alma, como llenaba mi corazón de sangre caliente y esta la bombeaba una y otra vez. El reflejo de la luz en sus ojos iluminaba toda estancia en la que nos situábamos. No había oscuridad a su lado, con ella, ni siquiera existía.  

Al girar su rostro, la luz la ilumino aquella tez que parecía esculpido en suave y reluciente mármol, sin imperfecciones, donde únicamente aquellos artistas griegos y romanos que existieron tiempo atrás podrían haber conseguido definir aquella visión.  Su suave nariz, dulce y sutil hacían juego con aquellos labios amelocotonados. Pero no era únicamente hermoso lo que podía percibir en la oscuridad, sino en el silencio también. Una voz aterciopelada salía de sus suaves labios, riome de aquellas dulces melodías, puesto que aquella voz tenía tanta fuerza y suavidad que podría haber detenido una guerra con el más mísero sonido. Una voz que permanecía en mi interior como si residiese dentro de mí.

Su sonrisa, sus risas, aquellos movimientos tan suaves… su piel… lo último que recuerdo fue que recorríamos la ciudad en un tranvía, rodeados de gente donde su voz era lo único que yo podía escuchar. Ella reía mientras hablábamos. Miraba por la ventanilla y yo observaba su reflejo. Ella, devolviéndome su reflejo con una sonrisa se volvió y me miro a los ojos. Paro de reír pero en su rostro se dibujo una sutil sonrisa de nuevo. Poco a poco nuestros labios se empezaron a moverse entre hacia si para abrazarse, para chocar, para fundirse en uno solo arrastrando nuestros pesados cuerpos que ahora flotaban como dos plumas que con total tranquilidad sin el peso del mundo, sin ninguna preocupación más que flotar juntas. Cerramos los ojos pero no encontramos oscuridad, yo la encontré a ella y ella me encontró a mí… Entonces todo se desvaneció y desperté. Un sueño que choca contra la realidad haciéndose añicos, astillándose y clavándose en mi interior. Aquella chica… aquel ángel… la conocía pero tenía miedo. Aun tengo miedo. Miedo de que no hubiera sido un sueño sino un recuerdo, o peor aún, una visión futura. Ahora solo sé que tengo que encontrarla en mi mente y en la realidad, tanto en el pasado como en el futuro.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Castillo de Arena


Hoy me han preguntado como consigo olvidar o dejar apartado todo aquello que me ronda por la cabeza y me carcome. Esos pensamientos que, como una bocanada de humo, nublan mi mente sin poder continuar, deteniéndome a recuperar la visión.

¿Cómo detener a esa oscuridad que poco a poco roe los cimientos de una vida? Desmoronándome en ocasiones para luego después levantarme, y siempre levantarme una vez más por la que caigo. Siempre de pie, siempre con la vista en alto. Como en la vida, el mar azota la playa una y otra vez, con ímpetu, sin descanso. Ola tras ola, transforma la arena a su antojo. Ola tras ola, domina la playa. Tal vez deberíamos abandonarnos y caer en la orilla, dejarnos golpear ola tras ola, elevarnos por las mareas y enterrarnos en la arena, perdernos en la infinidad de los mares y océanos, arrastrados por aquello que no podemos controlar al habernos dejado abandonar, o también, podríamos quedarnos en la playa y construir nuestro pequeño castillo de arena.

Siempre que construimos un castillo de arena corremos el riego de que se desmorone pero ¿No es así como es la vida? ¿No se desmoronan nuestros sueños, nuestros sentimientos y en ocasiones, no somos capaces de impedirlo? Creemos que todo ha terminado, creemos que se ha desvanecido, que todo está perdido. Pero en realidad no es así, cuando construimos un castillo de arena y lo hacemos mal, se desmorona, es verdad, pero ¿No estamos rodeados de arena? ¿No podemos volverlo a reconstruir resolviendo nuestros fallos? Nada desaparece sino que se esparce, nuestra es la elección de llorar a cada gramo que ha perdido su lugar o de volverlos a juntar para continuar nuestro castillo. Podrán ocurrir infinidad de desgracias y desventuras, pero siempre estará ahí la arena para volverla a levantar. Construye tu vida en soledad y la naturaleza proveerá lo que necesites, porque la vida nunca acaba, siempre continua aunque haya muerte porque pase lo que pase siempre habrá vida. 

martes, 20 de noviembre de 2012

Perdido en la oscuridad


¿Es verdad aquello que dicen que la persona indicada aparece cuando menos la buscas? ¿Y qué hay del dicho de quien la sigue la consigue? ¿En qué debemos basarnos para encontrar nuestra media naranja? 

Cuando el amor crece en ti, el mundo se detiene, tus pies se convierten en parte de la tierra por la cual caminas y todo parece dejar de importar. Salga el sol de noche y la luna de día, nada cambia para ti, puesto que ya conoces la razón de vivir, el porqué de respirar, el final de tu camino. Aunque el resto del mundo continúa. Pero si no eres correspondido todo aquel amor, toda esa fuerza que emanaba de tu corazón sale volando y la perdemos, sintiendo aquella punzada que muchos recordamos o sentimos aun a día de hoy, esa espacio vacío por el que el viento corre y nos hiela por dentro, un corazón vacio, un globo sin aire… y cielo sin firmamento. ¿Luchar o cerrar los ojos y esperar?

Cierro los ojos y espero, y aun espero… y moriré esperando. Alzo la vista en busca de algo, no sé realmente de qué, pero de algo que por fin me haga sentir vivo, de algo que me haga respirar o, mejor aún, dejarme con la respiración entrecortada. Una mirada en el autobús, un roce de manos en el tranvía, una sonrisa en aquellas calles jóvenes recién amanecidas… pequeñas cosas que nos alejan de nuestra oscuridad, que nos oscurecen los ojos de aquel negro tempestuoso donde solo radica el mal y la comparecencia de sí mismo.

Caminamos por una vida en la que cada vez dejamos de observar las pequeñas cosas que nos rodean, como un olor, un reflejo en un cristal o esas maravillosas bandadas de cientos de pájaros que surcan el cielo navegando por las nubes sin tocarse, sin rozarse, sabiendo cual es su camino dentro de aquellas majestuosas olas aladas. ¿Cómo sentirse parte de un todo si cada vez la soledad es más profunda en mi alma? Esta soledad tira de mí con toda su fuerza ensombreciendo todo aquello que me rodea… pero lucho por no caer, por no volverme a ser abrazado por aquellos largos brazos zigzagueantes que me envuelven en todo aquello que no puedo ver.

Paro. Respiro. Abro los ojos. Me fijo de nuevo en todo aquello que de pequeño observaba. La ráfaga de viento que hondea las disueltas hojas otoñales. Una melena de pelo rojizo medio envuelto en una larga bufanda de alegres colores. Unas manos tan pequeñas pero que su calor envuelve toda la estancia en la que nos encontramos. Una mirada que me hace olvidarlo todo. Una sonrisa que me devuelve la fuerza por caminar, luchar y devolverle la sonrisa. 

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El choque del amor

Hoy la luna brilla, hoy hay luna llena. Embobado, me quedo mirándola durante varias vueltas de reloj. No pienso, no sueño, no hago nada más que observar. Veo cada imperfección de la superficie lunar, cada sombra, cada reflejo del pequeño astro. Parece tan cercano que no puedo llegar a imaginar la distancia que me separa de ella. Casi, alzando la mano la puedes tocar y a la vez, en ocasiones, ni la puedes ver de lo distante que esta. Cuando esta la observo, cuando no, la añoro. Cuando esta oculta, la busco; y cuando intenta compararse con el sol, la elijo a ella.

Al igual que nosotros, ella crece y muere, pero vuelve a renacer. Suspiro por morir y renacer. Por volver a cometer errores y aciertos de cero. Por seguir mi camino sin que nada me detenga… pero no es así. No soy la luna, ni siquiera una lejana estrella, y mucho menos, el sol. Soy un cometa que vaga por el cielo. Surca el espacio de un sitio a otro enredando en constelaciones, jugueteando con orbitas, atravesando asteroides mas pequeños que yo, rozando el polvo de las nebulosas… cada choque, cada encuentro, cambia mi trayectoria, mi camino… mi destino.

Pero como con la luna, también poseo un principio y un fin. Mi comienzo es una insonora explosión, un estruendoso choque… un sinfín de causalidades promediadas por un recóndito destino. Pero a lo que mas temo, es a mi fin. Puede ser poco a poco, puedo enredarme en alguna orbita y acercarme poco a poco, como un cazador a su presa hasta chocar, hasta caer del cielo y penetrar en el inexplorado planeta. Desde las primeras vuelvas observas tu destino, tu final. Te atontas y caes en sus brazos. Poco a poco vas adentrándote en su mundo, cada vez mas deprisa, ganando velocidad, ganando ilusión por caer y formas parte de un todo. Un todo mucho más grande que ambos separados.

También un final mas rápido pero no menos emotivamente potencial, es caer sin orbita, chocar directamente, fugazmente. Dos desconocidos unidos por una explosión. Una explosión que surge del corazón y se proyecta en la mirada, en cada unos de los movimientos que nos empujan a estar juntos… hasta finalmente… acabar unidos.

Pero por desgracia, pensamos en chocar, pensamos que caemos con tanta seguridad que de repente algo nos empuja y nos expulsa en el ultimo segundo… alejándonos de nuestro planeta, de nuestro final. Grados de inclinación, misterios si explicación, circunstancias ajenas que nos rebotan y echan, que nos empujan y manipulan… que nos matan y exterminan… observamos desde la lejanía, con ojos llorosos que la distancia aumenta… pensamos en alargar nuestros brazos y cogernos pero es inútil… las fuerzas nos lo impiden… nos lo niegan… nos lo prohíben… únicamente se espera recorrer el universo de nuevo… siguiendo la misma orbita, para poder reencontrarnos de nuevo y al fin, chocar el uno sobre el otro. Para al fin, ser uno solo. Para poner fin a cada una de nuestra existencia y crear una nueva de nuestros cuerpos unidos por aquella colisión soñada que un día nos arrebataron y que millones de años hemos deseado tener.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Demuéstrame si vivo o sueño

Surcas el cielo como una rayo, un haz luminoso que ilumina el techo celeste como una estrella. Desde el suelo puedo escuchar como tus alas cortan el viento, como silba el aire a tu alrededor mientras acaricias las nubes, subiendo y bajando por aquellas alturas que jamás podre tocar. Vuelos perfectos combinados con una noche cerrada. La oscuridad te oculta, te mantiene segura, y únicamente, cuando sales de entre las nubes y la luna esta llena, puedo ver tu silueta, puedo imaginar tu color y puedo sentir tu mirada.

Dicen que solos eres un sueño. Dicen que eres mi desconexión del mundo creada por mi imaginación. También dicen que eres un ángel, aunque también un demonio. Que ayudas y aniquilas, que salvas y exterminas… que eres bella, que eres hostil; que lanzas fuego y pero nadie te ve, como yo te vi.

Unos ojos grandes, profundos, oscuros. Una sonrisa tan perfecta que seria imposible de describir, tus manos eran suaves, y aunque frías, no quería soltar. Y cuando te abrazaba, sentía tus alas pegadas a tu espalda, acariciándome las manos con lo que tal vez fueran plumas, escamas…. No puedo decir que fuera real, puesto que no duro mucho tiempo el momento en que estuvimos los dos cara a cara, tal vez fuera un sueño, un sueño de esas largas noches de mirar al cielo esperando que algo apareciese.

Te vi una vez, ya sea en la realidad en mis fantasías, y solo te pido que vuelvas. Déjame verte una ultima primera vez, déjame acariciarte únicamente una vida entera, déjame sentir tu frio para necesitar mi calor, déjame verme vivo en tus ojos porque solo los tuyos me despiertan. Solo te pido que vuelvas a demostrarme si eres mi sueño o mi vida, porque convertiré mi vida en un sueño y mis sueños serán mi vida.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Fantasmas

Observo la lluvia caer. Miles de gotas salpican el suelo. Los pequeños riachuelos corren por las aceras y carreteras hasta llega a las alcantarillas y donde se pierden con las hojas ya secas del otoño en una profunda oscuridad. Apoyo mi mano sobre el cristal, lo noto frío. Mi cabeza arde como el interior de una maquina llena de engranajes que funcionan a pleno rendimiento, llevando al extremo su potencial, elevando tanto la temperatura que las piezas que lo componen empiezan a derretirse y a caer de sus ejes creando una explosión que inunda mi mente. Intento que el frío del cristal mengue el dolor sin llegar a lograrlo.

Cierro los ojos y escucho la lluvia. Como una cortina invisible que se mueve con el viento mis recuerdos aparecen y se desvanecen una y otra vez, a son del sonido del reloj de pared que me observa como un búho de grandes ojos en la oscuridad de mi habitación. Fantasmas que me gritan con voz callada. Fantasmas de mirada perdida. Lo que hice y lo que pude hacer. Lo malo y lo peor. No soporto más y abro los ojos. Miro como la gente corre, se tapa y se cubre para no sentirse tan inundados como yo; los coches, sucios por el barro y el agua de las calles, alumbran la oscurecida calle. Se empieza a echar la noche.

No consigo aclarar mis ideas. Por un lado, aquellos fantasmas que con tanta fuerza se me aferran a cada uno de mis pensamientos transformándolos en pesadillas, por otro, aquellas acciones que me han llevado a esto, una simple decisión, sin pensar tal vez, pensada demasiado probablemente. La ira, el amor, el odio, la pasión… todo se mezcla dando una reacción toxica que inunda mis venas, matando los restos de corazón que aun sobrevivían.

Siento la espalda dolorida de cada uno de los latigazos que el destino me concede como don, como gracia y como venganza. Me guiña un ojo, me sonríe y me vuelve a fustigar, saltando de mi cuerpo la piel y la sangre que intentan huir de tal atroz acción. Lagrimas negras caen del enrojecido lagrimal pero, de pronto, se detienen. Ya no me quedan mas lagrimas que derramar por el dolor. Continúa y mis gritos callan. Tampoco contengo más. La presión del cuero quemado aumenta, pero también dejo de sangrar, pero en este caso, aun siento el correr de la sangre por mis venas. Cansado del dolor, del sometimiento, soy capaz de romper las cadenas que me atan este camino y me levanto, el sudor aun gotea de mi frente como la lluvia del exterior. Miro fijamente a mi destino, y con la mas pasividad de mis palabras, le niego la existencia, le niego el derecho a la vida, se la arrebato y camino sobre su cuerpo muerto. Las voces desaparecen. Los fantasmas, los latigazos se desvanecen poco a poco… hasta poder sentir de nuevo el aire a lluvia. Abro los ojos y vuelvo a ser yo. Vuelvo a ser libre. Vuelvo a ser un hombre sin destino escrito.